Me estoy dando un tiempo estas navidades para reflexionar sobre lo que me propongo hacer, para tomar fuerzas y ganar en motivación... todo esto mientras navego por las webs de gastronomía y recetas (mis favoritas, para qué negarlo), recopilo información sobre precios de productos de temporada y pateo tiendas y mercados para conseguir un pavo, un buen pescado y un sinfín de exquisiteces con las que agasajarnos por el nacimiento de un niño pobre en un perdido pueblo una noche oscura (que es lo que hacía falta para que se viera al cometa Haley, que si llega a haber luna llena, va a ser que no hay Reyes Magos, ni Olentzero, ni similares localistas, sólo nos quedaría el bueno de San Nicolás, que era obispo y ni siquiera era coetáneo del prota de la película).
Para los de la Logse, San Nicolás es Papá Noel o Santa Claus (y para mi chico, quien todavía cree en un señor gordo de rojo y con barba blanca que va a bajar por la chimenea, -será la de ventilación del cuarto de baño-, para traerle el tablet cuya publicidad encuentro estratégicamente distribuida por toda la casa...)
Siguiendo la tradición, yo tendría que estar súper estresada con las compras, la cocina y la organización. Nuestro clan, como muchos otros, reparte la celebración de comidas y cenas entre las miembras de la familia, y Juan, como es un cero a la izquierda matriarcal, se libra de todo el marrón, acude a todos los saraos con un gran surtidos de golosinas y unas cajas de botellas de las buenas, pone su carita angelical y esquiva con flexibilidad felina todo tipo de controversias -típico postre navideño español- retirándose a sus aposentos tras la primera copa.
Sin embargo, lo que más me está agobiando actualmente tiene su horizonte en enero de 2012, y no hablo de la crisis ni de la consabida cuesta de enero, que con el gasto extra de la dieta se notará aún más.
También está la amenazadora sombra de Jim, que me ha emplazado para el gimnasio desde mañana mismo. Me he visto en mallas y deportivas, y he sufrido un colapso (más). ¡Las risas que va a hacer el personal cuando me vea van a ser lo mejor del día de los Santos Inocentes, y eso que no va a ser en el pueblo, sino que hemos buscado un polideportivo lo más masificado posible en la city para que no me suban las pulsaciones ¡por pura vergüenza! Y para más coña, se empeña en que lleve una camiseta que me ha encargado con el lema "Fatty Power".
Empiezo a valorar seriamente la posibilidad de irme a las Misiones o de monja budista al Tíbet o algo así... donde pueda reflexionar de verdad!!!!!!
Soy una mujer gorda, una madre gorda, una trabajadora gorda y una gorda que quiere no serlo... ¿qué hacer?... un diario.
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jueves, 22 de diciembre de 2011
miércoles, 21 de diciembre de 2011
¡Feliz Nocumpleaños!
Jim ha venido para pasar con nosotros las Navidades. Una de las escasas ventajas de que tu pareja viva fuera es que cuando hay vacaciones suele poderse quedar unos cuantos días, con lo que parece más fiesta, disfrutas más de la compañía, y tienes, de paso, más ayuda en casa.
Como contrapartida, mi santo, que es muy caprichosillo con lo de comer, nos tienta con todo tipo de manjares navideños y no tanto, para celebrar la reunificación familiar. Y yo estoy como Alejandro Sanz, con el Corasón Partío, entre el perder peso y prepararme psicológicamente para la dieta, y el querer desquitarme por adelantado de lo que se me viene encima. Mal empezamos.
El sábado, mientras preparo el té del desayuno, que se ha empeñado que hagamos con huevos, salchichas traídas especialmente de su tierra, y una mermelada de naranja que hace que se me caiga la baba de lo rica que está, anuncio como quien no quiere la cosa que éste va a ser uno de los últimos English Breakfast que voy a hacerles durante unos meses. Y me mira con esos ojazos azules retroiluminados y me dice que no pasa nada, que ya lo preparará él cuando venga a casa.
Me hierve la sangre. ¿Después de todas las conversaciones que hemos tenido en este último mes sobre mis problemas de salud, de peso, las dietas, -rujo, más que digo-, cómo me puede decir que me van a someter al suplicio de verlos comer como Heliogábalo mientras yo me privo de todo?
Pero este hombre no se arredra ante nada. Haberse casado conmigo ya es una demostración de su valor, me lo han dicho muchas veces. Soy una arpía, -pienso-, quiero tener a todo el mundo a dieta para no sufrir tentaciones. Ahora sí que estoy hecha polvo. Jim me consuela. No me tengo que preocupar, comerán muy sanamente para no darme envidia, y a cambio yo he de hacerle una promesa...
¡... Debo empezar a hacer deporte!
Lo siento, me he desmayado.
Cuando me hube recuperado del susto me entró la risa floja. ¿Deporte? -Sí, hiha -(es que no le sale bien la jota)-, deporte, lo podemos hacer para que después de Navidades empieces la dieta más en forma y sin engordar más hasta entonces-.
Lo dice el que va al gimnasio todos los días de la semana. Creo que quiere ser mi Personal Trainer, o séase, mi entrenador personal. Miedito me da. Además, no va a estar aquí con nosotros todos los días. Una vez se acaben las vacaciones navideñas, me encontraré sola ante el peligro, a dieta y metiendo horas en el gimnasio.
¿Cuándo voy a hacer todas las cosas del día a día? ¡Ah! No me daba cuenta de que como no voy a comer más que batidos y pastillas, me va a sobrar el tiempo.
Alicia, ¡cuántas dudas! Tienes más miedo que vergüenza. ¡Y eso que todavía no se lo has dicho al resto de la familia! ¡Pánico vas a tener, pánico!
Como contrapartida, mi santo, que es muy caprichosillo con lo de comer, nos tienta con todo tipo de manjares navideños y no tanto, para celebrar la reunificación familiar. Y yo estoy como Alejandro Sanz, con el Corasón Partío, entre el perder peso y prepararme psicológicamente para la dieta, y el querer desquitarme por adelantado de lo que se me viene encima. Mal empezamos.
El sábado, mientras preparo el té del desayuno, que se ha empeñado que hagamos con huevos, salchichas traídas especialmente de su tierra, y una mermelada de naranja que hace que se me caiga la baba de lo rica que está, anuncio como quien no quiere la cosa que éste va a ser uno de los últimos English Breakfast que voy a hacerles durante unos meses. Y me mira con esos ojazos azules retroiluminados y me dice que no pasa nada, que ya lo preparará él cuando venga a casa.
Me hierve la sangre. ¿Después de todas las conversaciones que hemos tenido en este último mes sobre mis problemas de salud, de peso, las dietas, -rujo, más que digo-, cómo me puede decir que me van a someter al suplicio de verlos comer como Heliogábalo mientras yo me privo de todo?
Pero este hombre no se arredra ante nada. Haberse casado conmigo ya es una demostración de su valor, me lo han dicho muchas veces. Soy una arpía, -pienso-, quiero tener a todo el mundo a dieta para no sufrir tentaciones. Ahora sí que estoy hecha polvo. Jim me consuela. No me tengo que preocupar, comerán muy sanamente para no darme envidia, y a cambio yo he de hacerle una promesa...
¡... Debo empezar a hacer deporte!
Lo siento, me he desmayado.
Cuando me hube recuperado del susto me entró la risa floja. ¿Deporte? -Sí, hiha -(es que no le sale bien la jota)-, deporte, lo podemos hacer para que después de Navidades empieces la dieta más en forma y sin engordar más hasta entonces-.
Lo dice el que va al gimnasio todos los días de la semana. Creo que quiere ser mi Personal Trainer, o séase, mi entrenador personal. Miedito me da. Además, no va a estar aquí con nosotros todos los días. Una vez se acaben las vacaciones navideñas, me encontraré sola ante el peligro, a dieta y metiendo horas en el gimnasio.
¿Cuándo voy a hacer todas las cosas del día a día? ¡Ah! No me daba cuenta de que como no voy a comer más que batidos y pastillas, me va a sobrar el tiempo.
Alicia, ¡cuántas dudas! Tienes más miedo que vergüenza. ¡Y eso que todavía no se lo has dicho al resto de la familia! ¡Pánico vas a tener, pánico!
domingo, 18 de diciembre de 2011
Alea iacta est!
Suena el teléfono móvil en medio de un día de trabajo interminable: es Marc. No puedo contestar porque tengo a Satanín apalancado en mi mesa para dictarme un informe, por lo que no hay escaqueo posible. Cometo más faltas de las habituales. Mi concentración a la porra.
Cuando me libero de las garras del Maligno me voy Lourdes, que es como en la oficina llaman al cuarto de baño de las chicas y consigo línea con el Paraíso. Marc explica en un tono ultra-profesional que lo mío es una dieta proteinada con buenas referencias, prescrita por médicos generales y hasta por endocrinos de prestigio nacional, que, según él, "no se casan fácilmente con nadie". Dejando aparte el tema de la soltería endocrinológica, la cosa parece recibir su visto bueno. Me lío la manta y pido cita a la Clínica para empezar cuanto antes.
De nuevo en la sala de espera, me piden que lea un consentimiento informado espeluznante. Me dice que puedo sufrir todo tipo de penurias para perder estos kilos, y aún así, firmo. Me estoy metiendo en la madriguera del conejo, y ¿quién sabe qué habrá al otro lado? Con mi natural optimismo, me niego a verme vomitando y sin un pelo en la cabeza . Prefiero imaginarme en plan Charlize Theron mientras avanzo hacia la mesa del despacho de Satanín y le pido un aumento absolutamente indecente, que por supuesto me concede babeando, incapaz de reaccionar ante mis piernas extraordinariamente largas y torneadas...
Pasar por la báscula y dejarme fotografiar en ropa interior ha sido como golpearme en el suelo tras caer sin paracaídas de un vuelo transoceánico. Humillación sin anestesia, y voluntaria... Gordita, y además masoquista ¡sorpresa!
La doctora me recibe en su consulta. No me reprimo de felicitarle por la decoración, presidida por un retrato de una Marilyn muy sexy. No todo van a ser modelos adolescentes en ropa interior, también hay mujeres de carne y hueso.¡Diez puntos!
Calcula mi peso ideal, según los médicos, claro. Para la pasarela habría que restar unos 5 kg. El resultado es que tengo que perder varias decenas de kilos. (La edad se la digo a cualquiera, el peso, ni a mi padre). El plan consiste en tomar durante varias semanas solamente proteínas y verduras, y luego, poco a poco iré tomando otros alimentos, hasta llegar a mi peso. Para evitar que me falte de nada, me tengo que tomar una cantidad ingente de pastillas con minerales y vitaminas. Se supone que si lo hago todo al pie de la letra no se me va a caer el pelo, ni me marearé, ni nada de lo que he leído en el terrorífico consentimiento que acabo de otorgar con tanta alegría.
Al final, tengo en una mano la hoja en la que me explica al detalle que debo comer nada menos que cinco veces al día, -guay-, pero con una limitada cantidad de verduras en la comida y en la cena. En la otra sostengo la receta para los preparados de proteínas y las pastillas, mi menú completo para las próximas semanas. Dentro de un par de días recibiré en casa todos los elementos para empezar mi dieta.
De momento me voy a cenar a casa. ¡Tanto pensar en no comer me ha abierto el apetito!
De nuevo en la sala de espera, me piden que lea un consentimiento informado espeluznante. Me dice que puedo sufrir todo tipo de penurias para perder estos kilos, y aún así, firmo. Me estoy metiendo en la madriguera del conejo, y ¿quién sabe qué habrá al otro lado? Con mi natural optimismo, me niego a verme vomitando y sin un pelo en la cabeza . Prefiero imaginarme en plan Charlize Theron mientras avanzo hacia la mesa del despacho de Satanín y le pido un aumento absolutamente indecente, que por supuesto me concede babeando, incapaz de reaccionar ante mis piernas extraordinariamente largas y torneadas...
Pasar por la báscula y dejarme fotografiar en ropa interior ha sido como golpearme en el suelo tras caer sin paracaídas de un vuelo transoceánico. Humillación sin anestesia, y voluntaria... Gordita, y además masoquista ¡sorpresa!
La doctora me recibe en su consulta. No me reprimo de felicitarle por la decoración, presidida por un retrato de una Marilyn muy sexy. No todo van a ser modelos adolescentes en ropa interior, también hay mujeres de carne y hueso.¡Diez puntos!
Calcula mi peso ideal, según los médicos, claro. Para la pasarela habría que restar unos 5 kg. El resultado es que tengo que perder varias decenas de kilos. (La edad se la digo a cualquiera, el peso, ni a mi padre). El plan consiste en tomar durante varias semanas solamente proteínas y verduras, y luego, poco a poco iré tomando otros alimentos, hasta llegar a mi peso. Para evitar que me falte de nada, me tengo que tomar una cantidad ingente de pastillas con minerales y vitaminas. Se supone que si lo hago todo al pie de la letra no se me va a caer el pelo, ni me marearé, ni nada de lo que he leído en el terrorífico consentimiento que acabo de otorgar con tanta alegría.
Al final, tengo en una mano la hoja en la que me explica al detalle que debo comer nada menos que cinco veces al día, -guay-, pero con una limitada cantidad de verduras en la comida y en la cena. En la otra sostengo la receta para los preparados de proteínas y las pastillas, mi menú completo para las próximas semanas. Dentro de un par de días recibiré en casa todos los elementos para empezar mi dieta.
De momento me voy a cenar a casa. ¡Tanto pensar en no comer me ha abierto el apetito!
martes, 29 de noviembre de 2011
¡Que empiece el juego!
He pasado días visitando consultas de todo tipo, e incluso me he atrevido con esas franquicias tan verdes, tan céntricas y tan conocidas que pueden prometer y prometen y me pueden escamar y me escaman.
He ido apuntando mis impresiones mentalmente:
El Dr. David tiene una consultita pequeña, oscura, con olor a madera y tapicería anticuada. Me habla de dieta y ejercicio físico mientras me leo los innumerables diplomas que penden del tabique tras su brillante cabeza. Este hombre encorvado es un flaco natural. No tengo nada contra los judíos, pero me recuerda vagamente a un Shylock con bata blanca y pajarita, en especial cuando pienso en los cien euros que he tenido que pagar sólo por una orientación previa al tratamiento. No en vano se llama consulta: yo pregunto y él contesta igual a saldo negativo para mi vapuleada economía.
La nutricionista Lorea, en cambio, recibe a sus pacientes/clientes en una habitación amplia, decorada en tonos pastel, bien aireada y luminosa. En su diminuta antesala (apenas cuatro butaquitas color malva) hay varias fotografías de frutas y verduras jugosas y brillantes, demasiado grandes para las paredes que las soportan. Parece que esa berenjena y esos trigueros cubiertos de rocío matutino fuesen a atacar a los pobres adictos al cocido que se sientan debajo.
En algún lugar entre los bodegones hay un pequeño diploma y varios marcos con los certificados de asistencia a cursos de nutrición y dietética.
La muchacha es joven, muy, muy, pero que muy joven. Me da cierta pena tacharla de mi lista mental solo por eso, pero cuando hablo con ella tengo la sensación de estar explicándole a mi hija lo complicada que es la vida para una madre de mediana edad. Desisto. Ya se enterará ella cuando le llegue el turno. Y los embarazos. Y la menopausia. Bueno, de eso ya hablaremos. La información es gratuita. Gracias bonita, luego te traigo unos Sugus.
Me meto en el local de la tienda/asesoría dietética/franquicia más próximo a mi oficina. Llamémosle X. Pienso que no hay que descartar ninguna opción, así que me pongo los guantes de goma y la mascarilla y me dispongo a oír sin dejarme convencer, solo por cumplir. De nuevo una nutricionista cuyos títulos no encuentro entre los cientos de productos expuestos que prometen convertir este cuerpo serrano en mojama. Creo que tengo hambre.
La muchacha habla y habla, y saca y saca botellitas, comprimidos y mejunjes varios. Todos ellos tienen unas bonitas fotos de frutas y hierbas. Miro de soslayo la cantidad de pastillas que propone tomar, y ella, que no pierde detalle, me señala los envases como si fuera corta de vista. Me asegura de que la composición es totalmente natural, no tengo más que leer la por otro lado ilegible letra pequeña. Lo siento, señorita, se me han olvidado las gafas... en el bolso. Tengo la extraña sensación de que que me va a sacar unos vaqueros o una cremita para las arrugas en cualquier momento. ¿No la habré visto yo a ésta en otro sitio? Da lo mismo, como tampoco a ella le preocupa lo más mínimo conocerme, ni pesarme, ni medirme ni nada de nada, nos despedimos al rato tan amigas, hasta que nos volvamos a encontrar algún día, en algún otro comercio.
martes, 22 de noviembre de 2011
Citas sin amor y amor sin citas
Para un anglosajón, sobre todo si es americano, una cita es la forma de llegar al amor de manera organizada.
El sábado cogí el coche y me fui al centro. Había quedado con Juan y con Marc para tomar algo y de paso pedir consejo.
Mi flamante cuñado llama la atención allá donde va. Al contrario que nosotros, él es alto, fuerte, moreno y muy, muy distinguido. Y lo mejor de todo es que te hace sentir maravillosa. Me permito coquetear con él incluso en presencia de Juan y de mi santo. Los que no nos conocen me miran con cierto rencor, como pensando ¿qué hace esa gorda con semejante macizo?
Pero Marc solo piensa en mi hermano y en su carrera, y hasta donde yo sé, tiene éxito con ambos. Sus pacientes están loquitas por él. Incluso se le han insinuado en la consulta. A veces nos reímos con estos chascarrillos, y me encanta la complicidad que hay entre los tres.
Quedamos en una terraza. Antes de pedir unas cañas yo ya había sacado mis análisis. Ellos me conocen bien y saben que soy muy aprensiva. Yo también lo sé, sin embargo, a menudo me cuesta controlarme. En esta ocasión me había cuidado mucho de contarles mis penas en casa, o me hubiera dado el histérico de nuevo.
Me tranquiliza un poco ver que Marc mantiene media sonrisa mientras hablo. Cortesmente espera a que termine y luego me explica lo que significa cada punto del informe. Conclusión: mi cuerpo no funciona bien porque está sobrecargado; eso puede causar enfermedades graves, incluso muy graves, si no cambio mis costumbres y corrijo mi peso especialmente.
Juan asiente y calla. Me reconforta saber que tengo en quien confiar cuando estoy preocupada, y se lo agradezco mentalmente.
Dos cañas sin alcohol y seis tapas después, hemos repasado mis opciones bastante al detalle. ¡Ya tengo plan! O, por lo menos, un proyecto.
Y a eso me estoy dedicando desde entonces.
Por la mañana: trabajo e investigación. Marc me aconseja que visite a varios especialistas en tratamientos de pérdida de peso, que sean médicos (por mis posibles patologías), y que compare los métodos, controles y precios de cada uno. Hecho.
Por la tarde, concertación de citas (sin amor). Hecho.
Todavía queda mucho para acabar de peinar el terreno. Me advierten que separe el polvo de la paja, y me doy cuenta que hay una enorme variedad de profesionales y pseudoespecialistas en la materia.
Entretanto, he de pensar en el modo de conseguir que mi familia, la que yo he formado, me eche una mano, pero no al cuello. Objetivo fijado: Jim y los niños. Esperando orden para disparar...
El sábado cogí el coche y me fui al centro. Había quedado con Juan y con Marc para tomar algo y de paso pedir consejo.
Mi flamante cuñado llama la atención allá donde va. Al contrario que nosotros, él es alto, fuerte, moreno y muy, muy distinguido. Y lo mejor de todo es que te hace sentir maravillosa. Me permito coquetear con él incluso en presencia de Juan y de mi santo. Los que no nos conocen me miran con cierto rencor, como pensando ¿qué hace esa gorda con semejante macizo?
Pero Marc solo piensa en mi hermano y en su carrera, y hasta donde yo sé, tiene éxito con ambos. Sus pacientes están loquitas por él. Incluso se le han insinuado en la consulta. A veces nos reímos con estos chascarrillos, y me encanta la complicidad que hay entre los tres.
Quedamos en una terraza. Antes de pedir unas cañas yo ya había sacado mis análisis. Ellos me conocen bien y saben que soy muy aprensiva. Yo también lo sé, sin embargo, a menudo me cuesta controlarme. En esta ocasión me había cuidado mucho de contarles mis penas en casa, o me hubiera dado el histérico de nuevo.
Me tranquiliza un poco ver que Marc mantiene media sonrisa mientras hablo. Cortesmente espera a que termine y luego me explica lo que significa cada punto del informe. Conclusión: mi cuerpo no funciona bien porque está sobrecargado; eso puede causar enfermedades graves, incluso muy graves, si no cambio mis costumbres y corrijo mi peso especialmente.
Juan asiente y calla. Me reconforta saber que tengo en quien confiar cuando estoy preocupada, y se lo agradezco mentalmente.
Dos cañas sin alcohol y seis tapas después, hemos repasado mis opciones bastante al detalle. ¡Ya tengo plan! O, por lo menos, un proyecto.
Y a eso me estoy dedicando desde entonces.
Por la mañana: trabajo e investigación. Marc me aconseja que visite a varios especialistas en tratamientos de pérdida de peso, que sean médicos (por mis posibles patologías), y que compare los métodos, controles y precios de cada uno. Hecho.
Por la tarde, concertación de citas (sin amor). Hecho.
Todavía queda mucho para acabar de peinar el terreno. Me advierten que separe el polvo de la paja, y me doy cuenta que hay una enorme variedad de profesionales y pseudoespecialistas en la materia.
Entretanto, he de pensar en el modo de conseguir que mi familia, la que yo he formado, me eche una mano, pero no al cuello. Objetivo fijado: Jim y los niños. Esperando orden para disparar...
miércoles, 9 de noviembre de 2011
¡Qué gran verdad!
Es una verdad universalmente aceptada que toda mujer que ha parido en más de una ocasión acumulará en su cuerpo una cantidad nada desdeñable de kilos de grasa, preferentemente en abdomen, muslos y caderas, de los que difícilmente podrá desprenderse en años posteriores.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
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