Al contrario que aquel en el que se produjo el desembarco de Normandía, en mi personal día D se produce, en primer lugar, el embarque de mi mayor apoyo moral para todas mis aventuras. Jim acaba su permiso navideño y yo me quedo frente a frente de mi caja de preparados para empezar la dieta, mirándonos a los ojos, pensando quién de las dos vencerá al final...
El primer día ha sido normalito, tirando a bueno incluso. Marc me hablaba del efecto Placebo, que hace que creamos obtener efectividad de un tratamiento inocuo, solamente por el efecto de la sugestión. Yo estoy totalmente chutada de placebo. Me siento ligera, y a medida que pasan las horas, más motivada que nunca.
Después del desayuno con un té solo y unas galletas proteinadas riquísimas con sabor a "flor de naranja" (suena bien ¿eh?) me he ido a trabajar pertrechada de sobres, tetrabrics, botellin, coctelera y mi hoja de instrucciones. Confieso que me he levantado con tiempo suficiente de la cama para no tener que ver a mis hijos desayunando cacao caliente, pan con mantequilla y unas deliciosas naranjas recién traídas por nuestro proveedor oficial desde Murcia. La envidia es un plato que se sirve a todas horas...
Una vez en el trabajo, me he encontrado en la disyuntiva de volverme (aún más) antisocial y no participar del cafelito de máquina, que es ya una institución en nuestro establecimiento, o arrostrar con confianza el temporal de preguntas sobre mi nueva bebida de pera con stracciatela.
Y como me conozco, y no soy un marinero valiente, he optado por fingir un trabajo indemorable para disfrutar en la soledad de la cocinilla de las pepitas de sucedáneo de chocolate de mi tentempié de media mañana, -mmmm-, sin dar explicaciones a nadie. ¡Rico!
Gracias a mi perfecta planificación del día, he sido capaz de escaparme al súper más cercano y me he comprado una ensalada verde envasada para comer, que he culminado con un postre de -redoble de tambores, por favor-: ¡arroz con leche! Esperaba algo mejor, pero cuando he alcanzado el nivel óptimo de cremosidad y dulzor añadiendo agua y aspartamo, me he conformado sin la oportuna canela. Nota personal: comprar un botecito y dejarlo en la cocinilla.
Me doy cuenta de que estoy tan pendiente de lo que tengo que comer y no, de los intervalos que pasan entre colación y colación, que no tengo tiempo de pasar hambre. ¡Muy bien, -me digo a mí misma-, esto marcha!
Los preparados son un elemento crítico. Hay que elegirlos bien, pues algunos parecen ricos hasta que los pruebas y te desilusionan, pero en general, son tolerables y muy variados. Y además yo tengo la gran ventaja de que como de todo, y todo me gusta, no pueden decir lo mismo otros cuyos comentarios he leído en los foros. ¡Pobrezucos!
Para cuando llego a casa, me siento cansada. En el coche, ya de regreso, estaba un poco espesa y por poco me paso mi salida de la autopista. Nada muy distinto de otros días, en los que trabajo muchas horas y no puedo casi ni comer. La diferencia es que no me he comido las gominolas del cajón ni la chocolatina de la gasolinera para recuperarme. Y además sigo estando ultrapendiente de mis sensaciones.
Ya en la cena me he puesto algo ansiosa. Tenía que preparar la de los niños y luego la mía (una buena ración de verdura cocida), pero no he tenido paciencia, y me he comido la ensalada del mediodía, que pensaba guardar para mañana. Cambio de planes, pero manteniendo el rumbo. Bien por mí.
Otra nota personal: Primero como yo y luego el resto, que ya son mayorcitos para esperar y/o ayudar a preparar su cena.
En la cama, mientras hablo con Jim por teléfono para ponernos al día, me doy cuenta de que el hambre reside en la cabeza.
Mañana será otro día.
Soy una mujer gorda, una madre gorda, una trabajadora gorda y una gorda que quiere no serlo... ¿qué hacer?... un diario.
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martes, 7 de febrero de 2012
domingo, 18 de diciembre de 2011
Alea iacta est!
Suena el teléfono móvil en medio de un día de trabajo interminable: es Marc. No puedo contestar porque tengo a Satanín apalancado en mi mesa para dictarme un informe, por lo que no hay escaqueo posible. Cometo más faltas de las habituales. Mi concentración a la porra.
Cuando me libero de las garras del Maligno me voy Lourdes, que es como en la oficina llaman al cuarto de baño de las chicas y consigo línea con el Paraíso. Marc explica en un tono ultra-profesional que lo mío es una dieta proteinada con buenas referencias, prescrita por médicos generales y hasta por endocrinos de prestigio nacional, que, según él, "no se casan fácilmente con nadie". Dejando aparte el tema de la soltería endocrinológica, la cosa parece recibir su visto bueno. Me lío la manta y pido cita a la Clínica para empezar cuanto antes.
De nuevo en la sala de espera, me piden que lea un consentimiento informado espeluznante. Me dice que puedo sufrir todo tipo de penurias para perder estos kilos, y aún así, firmo. Me estoy metiendo en la madriguera del conejo, y ¿quién sabe qué habrá al otro lado? Con mi natural optimismo, me niego a verme vomitando y sin un pelo en la cabeza . Prefiero imaginarme en plan Charlize Theron mientras avanzo hacia la mesa del despacho de Satanín y le pido un aumento absolutamente indecente, que por supuesto me concede babeando, incapaz de reaccionar ante mis piernas extraordinariamente largas y torneadas...
Pasar por la báscula y dejarme fotografiar en ropa interior ha sido como golpearme en el suelo tras caer sin paracaídas de un vuelo transoceánico. Humillación sin anestesia, y voluntaria... Gordita, y además masoquista ¡sorpresa!
La doctora me recibe en su consulta. No me reprimo de felicitarle por la decoración, presidida por un retrato de una Marilyn muy sexy. No todo van a ser modelos adolescentes en ropa interior, también hay mujeres de carne y hueso.¡Diez puntos!
Calcula mi peso ideal, según los médicos, claro. Para la pasarela habría que restar unos 5 kg. El resultado es que tengo que perder varias decenas de kilos. (La edad se la digo a cualquiera, el peso, ni a mi padre). El plan consiste en tomar durante varias semanas solamente proteínas y verduras, y luego, poco a poco iré tomando otros alimentos, hasta llegar a mi peso. Para evitar que me falte de nada, me tengo que tomar una cantidad ingente de pastillas con minerales y vitaminas. Se supone que si lo hago todo al pie de la letra no se me va a caer el pelo, ni me marearé, ni nada de lo que he leído en el terrorífico consentimiento que acabo de otorgar con tanta alegría.
Al final, tengo en una mano la hoja en la que me explica al detalle que debo comer nada menos que cinco veces al día, -guay-, pero con una limitada cantidad de verduras en la comida y en la cena. En la otra sostengo la receta para los preparados de proteínas y las pastillas, mi menú completo para las próximas semanas. Dentro de un par de días recibiré en casa todos los elementos para empezar mi dieta.
De momento me voy a cenar a casa. ¡Tanto pensar en no comer me ha abierto el apetito!
De nuevo en la sala de espera, me piden que lea un consentimiento informado espeluznante. Me dice que puedo sufrir todo tipo de penurias para perder estos kilos, y aún así, firmo. Me estoy metiendo en la madriguera del conejo, y ¿quién sabe qué habrá al otro lado? Con mi natural optimismo, me niego a verme vomitando y sin un pelo en la cabeza . Prefiero imaginarme en plan Charlize Theron mientras avanzo hacia la mesa del despacho de Satanín y le pido un aumento absolutamente indecente, que por supuesto me concede babeando, incapaz de reaccionar ante mis piernas extraordinariamente largas y torneadas...
Pasar por la báscula y dejarme fotografiar en ropa interior ha sido como golpearme en el suelo tras caer sin paracaídas de un vuelo transoceánico. Humillación sin anestesia, y voluntaria... Gordita, y además masoquista ¡sorpresa!
La doctora me recibe en su consulta. No me reprimo de felicitarle por la decoración, presidida por un retrato de una Marilyn muy sexy. No todo van a ser modelos adolescentes en ropa interior, también hay mujeres de carne y hueso.¡Diez puntos!
Calcula mi peso ideal, según los médicos, claro. Para la pasarela habría que restar unos 5 kg. El resultado es que tengo que perder varias decenas de kilos. (La edad se la digo a cualquiera, el peso, ni a mi padre). El plan consiste en tomar durante varias semanas solamente proteínas y verduras, y luego, poco a poco iré tomando otros alimentos, hasta llegar a mi peso. Para evitar que me falte de nada, me tengo que tomar una cantidad ingente de pastillas con minerales y vitaminas. Se supone que si lo hago todo al pie de la letra no se me va a caer el pelo, ni me marearé, ni nada de lo que he leído en el terrorífico consentimiento que acabo de otorgar con tanta alegría.
Al final, tengo en una mano la hoja en la que me explica al detalle que debo comer nada menos que cinco veces al día, -guay-, pero con una limitada cantidad de verduras en la comida y en la cena. En la otra sostengo la receta para los preparados de proteínas y las pastillas, mi menú completo para las próximas semanas. Dentro de un par de días recibiré en casa todos los elementos para empezar mi dieta.
De momento me voy a cenar a casa. ¡Tanto pensar en no comer me ha abierto el apetito!
jueves, 15 de diciembre de 2011
Orgullo y prejuicio
Me enfrasco en un interesante artículo cuorero sobre la flacidez glútea de las celebs solo para dejar de escanear al personal. !No quisiera yo salir de esa sala de espera con cinco dedos marcados en esta carita!
La señorita vestida de blanco que me llama sonríe condescendiente. Está acostumbrada a que nos cueste levantarnos del asiento. Me recibe otra señorita de blanco. Compruebo rencorosa que también esta está delgadita, a pesar de ser algo mayor. ¡Y encima me pregunta qué es los que me trae a su clínica! ¿Estará ciega esta chica? Tengo que dejar de odiarla o no me voy a poder concentrar. Me pregunta por mi salud, mi medicación, operaciones... no, no, estoy muy sana (de momento) pero sí que tengo un desmadre de análisis de sangre. Sonríe, la muy ladina. Después de haberme confesado con ella, estoy más relajada. Me explica que necesita saber si estoy en condiciones de hacer una dieta en particular, que me ayudará más rápido y con mejor calidad de vida que las otras... Algo brillante se balancea apetitoso ante mis ojos...
¿Dieta con calidad de vida? para una tripera profesional es un contrasentido. Utopía incluso. Y entonces me lo explica todo. Las cinco comidas, la proteína, los sobres (todo natural), las pastillas (¡todo natural!), las fases... ¡socorro! Creo que lo entiendo todo, pero suena algo técnico y no sé si sabría repetirlo.
El caso es que voy a adelgazar porque no le voy a dar a mi cuerpo más que 600 kcal. diarias al principio, y que por eso, mi propio organismo se va a "comer" los tocinillos de cielo que he ido acumulando por si había una guerra. ¡¡Y lo mejor de todo, -me dice, pero no me lo creo ni jarta de grifa-, es que no voy a sentir hambre!! Igualito que las anoréxicas, pero sin el transtorno mental. Pura bioquímica de 3er. curso.
Y al final, comer de todo, DE TODO, OIGA. Mantenimiento, bla bla bla. Ya me lo sé, todo el mundo habla del mantenimiento (a mí eso me suena a vivir eternamente a dieta, qué le vamos a hacer).
Me debato entre el escepticismo más absoluto y la ilusión de verme despojada de mis kilos (y mis colesteroles, etc.) en unos pocos meses. Noto como el anzuelo va atravesando mi garganta y se clava irremisiblemente en ella. Ya no hay vuelta atrás.
La parte mala es la pasta que me va a costar. Hay que acudir a consultas de control, comprar los productos, hacer ejercicio (eso de gratis, mira tú) y si quieres, hacerte unos tratamientos que a mí me recuerdan a los rodillos de amasar, todo para que cuando me mire al espejo dentro de unos meses no me arrepienta de haber adelgazado.
Eso de los meses lo tengo escrito a fuego en la memoria... yo me veía AÑOS metida en esto del no comer.
Hago un esfuerzo por no pedir inmediatamente una cita para iniciar el tratamiento ya mismo. Tengo que reposar la información, ponerla en perspectiva, hacer cálculos, contrastar opiniones...
Me falta tiempo para llamar a Jim y contárselo. Luego quedo con mi súper-cuñado para tomar un café, y mientras llega mi hermano le hago un informe detallado de la reunión. Estoy tan ilusionada que me duele un poco que no estén dando volatines. Pero ellos me dicen que me lo tome con calma. No comprenden el extraño cóctel de esperanza y escepticismo que acabo de tomarme.
Pensaba que esta cita iba a ser una de tantas, que ya me sabía lo que me iban a decir, y me sorprendo pensando ¿y si todo esto funciona? ¿y si me puedo recuperar para siempre?
Ahora, de vuelta a la rutina de casa y trabajo, estoy ansiosa por recibir una llamada de Marc, que me ha prometido hacer unas averiguaciones sobre este sistema y me ha pedido que no me decida hasta que hable con quienes lo conocen.
La señorita vestida de blanco que me llama sonríe condescendiente. Está acostumbrada a que nos cueste levantarnos del asiento. Me recibe otra señorita de blanco. Compruebo rencorosa que también esta está delgadita, a pesar de ser algo mayor. ¡Y encima me pregunta qué es los que me trae a su clínica! ¿Estará ciega esta chica? Tengo que dejar de odiarla o no me voy a poder concentrar. Me pregunta por mi salud, mi medicación, operaciones... no, no, estoy muy sana (de momento) pero sí que tengo un desmadre de análisis de sangre. Sonríe, la muy ladina. Después de haberme confesado con ella, estoy más relajada. Me explica que necesita saber si estoy en condiciones de hacer una dieta en particular, que me ayudará más rápido y con mejor calidad de vida que las otras... Algo brillante se balancea apetitoso ante mis ojos...
¿Dieta con calidad de vida? para una tripera profesional es un contrasentido. Utopía incluso. Y entonces me lo explica todo. Las cinco comidas, la proteína, los sobres (todo natural), las pastillas (¡todo natural!), las fases... ¡socorro! Creo que lo entiendo todo, pero suena algo técnico y no sé si sabría repetirlo.
El caso es que voy a adelgazar porque no le voy a dar a mi cuerpo más que 600 kcal. diarias al principio, y que por eso, mi propio organismo se va a "comer" los tocinillos de cielo que he ido acumulando por si había una guerra. ¡¡Y lo mejor de todo, -me dice, pero no me lo creo ni jarta de grifa-, es que no voy a sentir hambre!! Igualito que las anoréxicas, pero sin el transtorno mental. Pura bioquímica de 3er. curso.
Y al final, comer de todo, DE TODO, OIGA. Mantenimiento, bla bla bla. Ya me lo sé, todo el mundo habla del mantenimiento (a mí eso me suena a vivir eternamente a dieta, qué le vamos a hacer).
Me debato entre el escepticismo más absoluto y la ilusión de verme despojada de mis kilos (y mis colesteroles, etc.) en unos pocos meses. Noto como el anzuelo va atravesando mi garganta y se clava irremisiblemente en ella. Ya no hay vuelta atrás.
La parte mala es la pasta que me va a costar. Hay que acudir a consultas de control, comprar los productos, hacer ejercicio (eso de gratis, mira tú) y si quieres, hacerte unos tratamientos que a mí me recuerdan a los rodillos de amasar, todo para que cuando me mire al espejo dentro de unos meses no me arrepienta de haber adelgazado.
Eso de los meses lo tengo escrito a fuego en la memoria... yo me veía AÑOS metida en esto del no comer.
Hago un esfuerzo por no pedir inmediatamente una cita para iniciar el tratamiento ya mismo. Tengo que reposar la información, ponerla en perspectiva, hacer cálculos, contrastar opiniones...
Me falta tiempo para llamar a Jim y contárselo. Luego quedo con mi súper-cuñado para tomar un café, y mientras llega mi hermano le hago un informe detallado de la reunión. Estoy tan ilusionada que me duele un poco que no estén dando volatines. Pero ellos me dicen que me lo tome con calma. No comprenden el extraño cóctel de esperanza y escepticismo que acabo de tomarme.
Pensaba que esta cita iba a ser una de tantas, que ya me sabía lo que me iban a decir, y me sorprendo pensando ¿y si todo esto funciona? ¿y si me puedo recuperar para siempre?
Ahora, de vuelta a la rutina de casa y trabajo, estoy ansiosa por recibir una llamada de Marc, que me ha prometido hacer unas averiguaciones sobre este sistema y me ha pedido que no me decida hasta que hable con quienes lo conocen.
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