Dice mi cuñado Marc que las peores guardias del año son las de Navidades, que es cuando las urgencias se llenan de comas etílicos, peleas (familiares o no) y quemados. Y la causa de todas esas cosas es lo mucho que bebemos en Navidad.
Hace años, en esta comarca se comía un cardo o una coliflor, un capón cebado y una compota de frutas, y el que tenía un pariente en Alicante probaba los turrones.Las familias se levantaban de la mesa para ir a la misa del gallo y luego a cantar villancicos y a dormir. Los que podían tomaban una copita de champán, y el resto buena sidra casera.
Ahora son fiestas gastronómicas en que se gastan cifras astronómicas (horror de rima) en manjares y bebidas que no probaremos el resto del año, y cuyos precios se duplican precisamente en estas épocas.
¿Cómo íbamos nosotros a ser diferentes?
En los días señalados, tenemos la costumbre de reunirnos para ir "calentando motores" con lo que hemos dado en llamar un "aperitivo ilustrado", que puede comenzar a las dos de la tarde y nadie sabe cuándo puede acabar, a menudo justo antes de la cena. Como es natural, para cuando llega el verdadero banquete, las alcoholemias están bastante disparadas.
A la hora de sentarnos a la mesa, la anfitriona y sus ayudantes, (las hermanas, claro, nuestro Juan se queda fuera) ocupamos los puestos estratégicos más próximos a la cocina, para ir yendo y viniendo con bandejas, fuentes y platos variados. El resto se colocan en torno a dos polos totalmente divergentes: los varones alrededor del patriarca, y las mujeres alrededor de las abuelas. Esta regla tácita rige tanto para adultos como para no tan mayores, y los nietos -nuestros hijos-, en cuanto pueden abandonar la odiada "mesa de los niños" con el pasaporte de la adolescencia, ocupan junto a sus padres y tíos sus puestos de casi hombres y mujeres.
Es inevitable que cada año haya más jóvenes en torno a mis padres y abuelas, y que, animados por ellos, busquen situarse en lugares cada vez más próximos a la "autoridad competente" de cada sexo. Como también es inevitable que algunos se vayan quedando desplazados hacia el centro de la mesa, en tierra de nadie, pues coincide con la localización de quienes nos levantamos a servir, y de quienes parecen no servir para nada.
Y este hecho es el que genera, curiosamente, más roces en estos días: la colocación de los comensales. Este año, animado por la desinhibición alcohólica de un aperitivo opulento, uno de mis cuñados se pasó la comida de Nochevieja quejándose amargamente del supuesto agravio comparativo que estaba sufriendo en beneficio de un sobrino mequetrefe que había osado sentarse a la derecha del presidente de la reunión, -mi padre-, sin tener aún suficientemente tupida la barba. Al parecer, su ubicación le impedía tener acceso a las mejores viandas, las calientes le llegaban frías y las frías... acaso no le llegaban. El vino de su lado de la mesa no era tan bueno como el del otro lado, y por lo visto, lo mismo pasaba con la compañía. Todo esto iba siendo comentado de modo cada vez más descarado, mientras la sufrida esposa callaba, asentía y quizá secretamente también ¿aprobaba? Pero en ningún caso se oponía.
Cuando ya sus comentarios estaban siendo demasiado audibles e impertinentes para un invitado en cualquier convite, mi diplomático Jim, en connivencia con Juan y Marc, iniciaron un despliegue estratégico para neutralizar a nuestro ebrio cuñado, sin permitir que nadie en los extremos de la mesa se llegara a percatar de la situación.
Es una gran suerte estar rodeada de inadaptados. En muchos momentos salvan la paz familiar sin recibir el crédito que se merecen por ello.
Y todo sin dejar de ser unos bellos inadaptados. ¡Va por Ellos.!
Soy una mujer gorda, una madre gorda, una trabajadora gorda y una gorda que quiere no serlo... ¿qué hacer?... un diario.
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viernes, 20 de enero de 2012
jueves, 19 de enero de 2012
Sobrevivir a la Navidad
Estas vacaciones navideñas han sido muy moviditas.
Jim entró con aire triunfador en escena (en la cocina), donde una Alicia sudorosa preparaba la cena de Nochevieja arrepintiéndose, dicho sea de paso, como cada año en los últimos cinco, de haberse ofrecido a colaborar en los festejos familiares.
Una cosa es ejercer de ama de casa medianeja y otra competir con Doris Day en el día de Acción de Gracias mientras trabajas diez horas diarias y en tus ratos libres disfrutas muy entre comillas del ocio de tu pareja, que casualmente, está de perfectas vacaciones, igual que los villanos de tus hijos, quienes se encuentran permanentemente en paradero desconocido, salvo para comer y pedir dinero.
Jim quiere que vayamos juntos a todas partes, y ha hecho planes pormenorizados para ir al cine, a cenar, a una exposición de un amigo suyo de cuando vivía aquí, con los niños de compras y con la familia a los tradicionales aperitivos pre-navideños. Todo ello encajado en mi horario libre como las piezas de un puzzle de psiquiátrico -o sea, a presión-. Pero no cuenta con que el 31 de diciembre, noche de San Silvestre, mi menda se ha comprometido a dar de cenar a 23 personas, entre padres, cuñados y hermanas, sobrinos, abuelas, hijos y marido. Y la cena en cuestión tiene que ser el Hito Culinario Del Año. Por la gloria de madre, que lo tiene que ser.
Me gusta cocinar, con ópera a ser posible, y con muuuucha calma. Soy una auténtica artesana de la cocina, y lo disfruto..., salvo cuando cocino bajo presión. Es decir, yo de hostelera, ni de broma. Considero que es un gremio loable que tiene ganado el Cielo, por lo mucho que trabajan y por los horarios en que lo hacen. Yo, que por culpa de los míos tengo bastante con sobrevivir día a día a las compras cuando están cerrando, a no tener en casa más que congelados y conservas, a tener la olla a presión en el pluriempleo... he de echar mano de todos mis recursos organizativos para ir cocinando con tiempo los diversos platos fríos y calientes, encargando lo de última hora y previendo alternativas cuando en el mercado desaparecen esos productos que habías pensado utilizar. El mes de diciembre es para mí como el mes anterior al examen de oposición de un candidato a notario... que se ha presentado varios años seguidos.
Y como era de esperar, la tenemos. La discusión, quiero decir. ¿Por qué los hombres no entienden que todo eso que se pone en la mesa y que tanto les gusta lo hemos tenido que preparar antes en algún momento de nuestra ajetreada jornada? Sin embargo, él es muy cocinillas, y de vez en cuando prepara unos platos estupendos, por lo que que si yo no hubiera estado tan susceptible desde el principio, quizá hubiera conseguido convencerlo de que me ayude un poco o un mucho, sin tanto desmelene.
De modo que finalmente yo sofocada y él flemático, le damos un giro al problema y llegamos a un acuerdo de cooperación. La paz se rubrica a continuación con un besito y una copa de vino blanco.
Lo cual me lleva al otro asunto navideño: bebemos. Y bebemos alcohol. Y encima mucho.
Jim entró con aire triunfador en escena (en la cocina), donde una Alicia sudorosa preparaba la cena de Nochevieja arrepintiéndose, dicho sea de paso, como cada año en los últimos cinco, de haberse ofrecido a colaborar en los festejos familiares.
Una cosa es ejercer de ama de casa medianeja y otra competir con Doris Day en el día de Acción de Gracias mientras trabajas diez horas diarias y en tus ratos libres disfrutas muy entre comillas del ocio de tu pareja, que casualmente, está de perfectas vacaciones, igual que los villanos de tus hijos, quienes se encuentran permanentemente en paradero desconocido, salvo para comer y pedir dinero.
Jim quiere que vayamos juntos a todas partes, y ha hecho planes pormenorizados para ir al cine, a cenar, a una exposición de un amigo suyo de cuando vivía aquí, con los niños de compras y con la familia a los tradicionales aperitivos pre-navideños. Todo ello encajado en mi horario libre como las piezas de un puzzle de psiquiátrico -o sea, a presión-. Pero no cuenta con que el 31 de diciembre, noche de San Silvestre, mi menda se ha comprometido a dar de cenar a 23 personas, entre padres, cuñados y hermanas, sobrinos, abuelas, hijos y marido. Y la cena en cuestión tiene que ser el Hito Culinario Del Año. Por la gloria de madre, que lo tiene que ser.
Me gusta cocinar, con ópera a ser posible, y con muuuucha calma. Soy una auténtica artesana de la cocina, y lo disfruto..., salvo cuando cocino bajo presión. Es decir, yo de hostelera, ni de broma. Considero que es un gremio loable que tiene ganado el Cielo, por lo mucho que trabajan y por los horarios en que lo hacen. Yo, que por culpa de los míos tengo bastante con sobrevivir día a día a las compras cuando están cerrando, a no tener en casa más que congelados y conservas, a tener la olla a presión en el pluriempleo... he de echar mano de todos mis recursos organizativos para ir cocinando con tiempo los diversos platos fríos y calientes, encargando lo de última hora y previendo alternativas cuando en el mercado desaparecen esos productos que habías pensado utilizar. El mes de diciembre es para mí como el mes anterior al examen de oposición de un candidato a notario... que se ha presentado varios años seguidos.
Y como era de esperar, la tenemos. La discusión, quiero decir. ¿Por qué los hombres no entienden que todo eso que se pone en la mesa y que tanto les gusta lo hemos tenido que preparar antes en algún momento de nuestra ajetreada jornada? Sin embargo, él es muy cocinillas, y de vez en cuando prepara unos platos estupendos, por lo que que si yo no hubiera estado tan susceptible desde el principio, quizá hubiera conseguido convencerlo de que me ayude un poco o un mucho, sin tanto desmelene.
De modo que finalmente yo sofocada y él flemático, le damos un giro al problema y llegamos a un acuerdo de cooperación. La paz se rubrica a continuación con un besito y una copa de vino blanco.
Lo cual me lleva al otro asunto navideño: bebemos. Y bebemos alcohol. Y encima mucho.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Tiempo de silencio
Me estoy dando un tiempo estas navidades para reflexionar sobre lo que me propongo hacer, para tomar fuerzas y ganar en motivación... todo esto mientras navego por las webs de gastronomía y recetas (mis favoritas, para qué negarlo), recopilo información sobre precios de productos de temporada y pateo tiendas y mercados para conseguir un pavo, un buen pescado y un sinfín de exquisiteces con las que agasajarnos por el nacimiento de un niño pobre en un perdido pueblo una noche oscura (que es lo que hacía falta para que se viera al cometa Haley, que si llega a haber luna llena, va a ser que no hay Reyes Magos, ni Olentzero, ni similares localistas, sólo nos quedaría el bueno de San Nicolás, que era obispo y ni siquiera era coetáneo del prota de la película).
Para los de la Logse, San Nicolás es Papá Noel o Santa Claus (y para mi chico, quien todavía cree en un señor gordo de rojo y con barba blanca que va a bajar por la chimenea, -será la de ventilación del cuarto de baño-, para traerle el tablet cuya publicidad encuentro estratégicamente distribuida por toda la casa...)
Siguiendo la tradición, yo tendría que estar súper estresada con las compras, la cocina y la organización. Nuestro clan, como muchos otros, reparte la celebración de comidas y cenas entre las miembras de la familia, y Juan, como es un cero a la izquierda matriarcal, se libra de todo el marrón, acude a todos los saraos con un gran surtidos de golosinas y unas cajas de botellas de las buenas, pone su carita angelical y esquiva con flexibilidad felina todo tipo de controversias -típico postre navideño español- retirándose a sus aposentos tras la primera copa.
Sin embargo, lo que más me está agobiando actualmente tiene su horizonte en enero de 2012, y no hablo de la crisis ni de la consabida cuesta de enero, que con el gasto extra de la dieta se notará aún más.
También está la amenazadora sombra de Jim, que me ha emplazado para el gimnasio desde mañana mismo. Me he visto en mallas y deportivas, y he sufrido un colapso (más). ¡Las risas que va a hacer el personal cuando me vea van a ser lo mejor del día de los Santos Inocentes, y eso que no va a ser en el pueblo, sino que hemos buscado un polideportivo lo más masificado posible en la city para que no me suban las pulsaciones ¡por pura vergüenza! Y para más coña, se empeña en que lleve una camiseta que me ha encargado con el lema "Fatty Power".
Empiezo a valorar seriamente la posibilidad de irme a las Misiones o de monja budista al Tíbet o algo así... donde pueda reflexionar de verdad!!!!!!
Para los de la Logse, San Nicolás es Papá Noel o Santa Claus (y para mi chico, quien todavía cree en un señor gordo de rojo y con barba blanca que va a bajar por la chimenea, -será la de ventilación del cuarto de baño-, para traerle el tablet cuya publicidad encuentro estratégicamente distribuida por toda la casa...)
Siguiendo la tradición, yo tendría que estar súper estresada con las compras, la cocina y la organización. Nuestro clan, como muchos otros, reparte la celebración de comidas y cenas entre las miembras de la familia, y Juan, como es un cero a la izquierda matriarcal, se libra de todo el marrón, acude a todos los saraos con un gran surtidos de golosinas y unas cajas de botellas de las buenas, pone su carita angelical y esquiva con flexibilidad felina todo tipo de controversias -típico postre navideño español- retirándose a sus aposentos tras la primera copa.
Sin embargo, lo que más me está agobiando actualmente tiene su horizonte en enero de 2012, y no hablo de la crisis ni de la consabida cuesta de enero, que con el gasto extra de la dieta se notará aún más.
También está la amenazadora sombra de Jim, que me ha emplazado para el gimnasio desde mañana mismo. Me he visto en mallas y deportivas, y he sufrido un colapso (más). ¡Las risas que va a hacer el personal cuando me vea van a ser lo mejor del día de los Santos Inocentes, y eso que no va a ser en el pueblo, sino que hemos buscado un polideportivo lo más masificado posible en la city para que no me suban las pulsaciones ¡por pura vergüenza! Y para más coña, se empeña en que lleve una camiseta que me ha encargado con el lema "Fatty Power".
Empiezo a valorar seriamente la posibilidad de irme a las Misiones o de monja budista al Tíbet o algo así... donde pueda reflexionar de verdad!!!!!!
miércoles, 21 de diciembre de 2011
¡Feliz Nocumpleaños!
Jim ha venido para pasar con nosotros las Navidades. Una de las escasas ventajas de que tu pareja viva fuera es que cuando hay vacaciones suele poderse quedar unos cuantos días, con lo que parece más fiesta, disfrutas más de la compañía, y tienes, de paso, más ayuda en casa.
Como contrapartida, mi santo, que es muy caprichosillo con lo de comer, nos tienta con todo tipo de manjares navideños y no tanto, para celebrar la reunificación familiar. Y yo estoy como Alejandro Sanz, con el Corasón Partío, entre el perder peso y prepararme psicológicamente para la dieta, y el querer desquitarme por adelantado de lo que se me viene encima. Mal empezamos.
El sábado, mientras preparo el té del desayuno, que se ha empeñado que hagamos con huevos, salchichas traídas especialmente de su tierra, y una mermelada de naranja que hace que se me caiga la baba de lo rica que está, anuncio como quien no quiere la cosa que éste va a ser uno de los últimos English Breakfast que voy a hacerles durante unos meses. Y me mira con esos ojazos azules retroiluminados y me dice que no pasa nada, que ya lo preparará él cuando venga a casa.
Me hierve la sangre. ¿Después de todas las conversaciones que hemos tenido en este último mes sobre mis problemas de salud, de peso, las dietas, -rujo, más que digo-, cómo me puede decir que me van a someter al suplicio de verlos comer como Heliogábalo mientras yo me privo de todo?
Pero este hombre no se arredra ante nada. Haberse casado conmigo ya es una demostración de su valor, me lo han dicho muchas veces. Soy una arpía, -pienso-, quiero tener a todo el mundo a dieta para no sufrir tentaciones. Ahora sí que estoy hecha polvo. Jim me consuela. No me tengo que preocupar, comerán muy sanamente para no darme envidia, y a cambio yo he de hacerle una promesa...
¡... Debo empezar a hacer deporte!
Lo siento, me he desmayado.
Cuando me hube recuperado del susto me entró la risa floja. ¿Deporte? -Sí, hiha -(es que no le sale bien la jota)-, deporte, lo podemos hacer para que después de Navidades empieces la dieta más en forma y sin engordar más hasta entonces-.
Lo dice el que va al gimnasio todos los días de la semana. Creo que quiere ser mi Personal Trainer, o séase, mi entrenador personal. Miedito me da. Además, no va a estar aquí con nosotros todos los días. Una vez se acaben las vacaciones navideñas, me encontraré sola ante el peligro, a dieta y metiendo horas en el gimnasio.
¿Cuándo voy a hacer todas las cosas del día a día? ¡Ah! No me daba cuenta de que como no voy a comer más que batidos y pastillas, me va a sobrar el tiempo.
Alicia, ¡cuántas dudas! Tienes más miedo que vergüenza. ¡Y eso que todavía no se lo has dicho al resto de la familia! ¡Pánico vas a tener, pánico!
Como contrapartida, mi santo, que es muy caprichosillo con lo de comer, nos tienta con todo tipo de manjares navideños y no tanto, para celebrar la reunificación familiar. Y yo estoy como Alejandro Sanz, con el Corasón Partío, entre el perder peso y prepararme psicológicamente para la dieta, y el querer desquitarme por adelantado de lo que se me viene encima. Mal empezamos.
El sábado, mientras preparo el té del desayuno, que se ha empeñado que hagamos con huevos, salchichas traídas especialmente de su tierra, y una mermelada de naranja que hace que se me caiga la baba de lo rica que está, anuncio como quien no quiere la cosa que éste va a ser uno de los últimos English Breakfast que voy a hacerles durante unos meses. Y me mira con esos ojazos azules retroiluminados y me dice que no pasa nada, que ya lo preparará él cuando venga a casa.
Me hierve la sangre. ¿Después de todas las conversaciones que hemos tenido en este último mes sobre mis problemas de salud, de peso, las dietas, -rujo, más que digo-, cómo me puede decir que me van a someter al suplicio de verlos comer como Heliogábalo mientras yo me privo de todo?
Pero este hombre no se arredra ante nada. Haberse casado conmigo ya es una demostración de su valor, me lo han dicho muchas veces. Soy una arpía, -pienso-, quiero tener a todo el mundo a dieta para no sufrir tentaciones. Ahora sí que estoy hecha polvo. Jim me consuela. No me tengo que preocupar, comerán muy sanamente para no darme envidia, y a cambio yo he de hacerle una promesa...
¡... Debo empezar a hacer deporte!
Lo siento, me he desmayado.
Cuando me hube recuperado del susto me entró la risa floja. ¿Deporte? -Sí, hiha -(es que no le sale bien la jota)-, deporte, lo podemos hacer para que después de Navidades empieces la dieta más en forma y sin engordar más hasta entonces-.
Lo dice el que va al gimnasio todos los días de la semana. Creo que quiere ser mi Personal Trainer, o séase, mi entrenador personal. Miedito me da. Además, no va a estar aquí con nosotros todos los días. Una vez se acaben las vacaciones navideñas, me encontraré sola ante el peligro, a dieta y metiendo horas en el gimnasio.
¿Cuándo voy a hacer todas las cosas del día a día? ¡Ah! No me daba cuenta de que como no voy a comer más que batidos y pastillas, me va a sobrar el tiempo.
Alicia, ¡cuántas dudas! Tienes más miedo que vergüenza. ¡Y eso que todavía no se lo has dicho al resto de la familia! ¡Pánico vas a tener, pánico!
martes, 22 de noviembre de 2011
Citas sin amor y amor sin citas
Para un anglosajón, sobre todo si es americano, una cita es la forma de llegar al amor de manera organizada.
El sábado cogí el coche y me fui al centro. Había quedado con Juan y con Marc para tomar algo y de paso pedir consejo.
Mi flamante cuñado llama la atención allá donde va. Al contrario que nosotros, él es alto, fuerte, moreno y muy, muy distinguido. Y lo mejor de todo es que te hace sentir maravillosa. Me permito coquetear con él incluso en presencia de Juan y de mi santo. Los que no nos conocen me miran con cierto rencor, como pensando ¿qué hace esa gorda con semejante macizo?
Pero Marc solo piensa en mi hermano y en su carrera, y hasta donde yo sé, tiene éxito con ambos. Sus pacientes están loquitas por él. Incluso se le han insinuado en la consulta. A veces nos reímos con estos chascarrillos, y me encanta la complicidad que hay entre los tres.
Quedamos en una terraza. Antes de pedir unas cañas yo ya había sacado mis análisis. Ellos me conocen bien y saben que soy muy aprensiva. Yo también lo sé, sin embargo, a menudo me cuesta controlarme. En esta ocasión me había cuidado mucho de contarles mis penas en casa, o me hubiera dado el histérico de nuevo.
Me tranquiliza un poco ver que Marc mantiene media sonrisa mientras hablo. Cortesmente espera a que termine y luego me explica lo que significa cada punto del informe. Conclusión: mi cuerpo no funciona bien porque está sobrecargado; eso puede causar enfermedades graves, incluso muy graves, si no cambio mis costumbres y corrijo mi peso especialmente.
Juan asiente y calla. Me reconforta saber que tengo en quien confiar cuando estoy preocupada, y se lo agradezco mentalmente.
Dos cañas sin alcohol y seis tapas después, hemos repasado mis opciones bastante al detalle. ¡Ya tengo plan! O, por lo menos, un proyecto.
Y a eso me estoy dedicando desde entonces.
Por la mañana: trabajo e investigación. Marc me aconseja que visite a varios especialistas en tratamientos de pérdida de peso, que sean médicos (por mis posibles patologías), y que compare los métodos, controles y precios de cada uno. Hecho.
Por la tarde, concertación de citas (sin amor). Hecho.
Todavía queda mucho para acabar de peinar el terreno. Me advierten que separe el polvo de la paja, y me doy cuenta que hay una enorme variedad de profesionales y pseudoespecialistas en la materia.
Entretanto, he de pensar en el modo de conseguir que mi familia, la que yo he formado, me eche una mano, pero no al cuello. Objetivo fijado: Jim y los niños. Esperando orden para disparar...
El sábado cogí el coche y me fui al centro. Había quedado con Juan y con Marc para tomar algo y de paso pedir consejo.
Mi flamante cuñado llama la atención allá donde va. Al contrario que nosotros, él es alto, fuerte, moreno y muy, muy distinguido. Y lo mejor de todo es que te hace sentir maravillosa. Me permito coquetear con él incluso en presencia de Juan y de mi santo. Los que no nos conocen me miran con cierto rencor, como pensando ¿qué hace esa gorda con semejante macizo?
Pero Marc solo piensa en mi hermano y en su carrera, y hasta donde yo sé, tiene éxito con ambos. Sus pacientes están loquitas por él. Incluso se le han insinuado en la consulta. A veces nos reímos con estos chascarrillos, y me encanta la complicidad que hay entre los tres.
Quedamos en una terraza. Antes de pedir unas cañas yo ya había sacado mis análisis. Ellos me conocen bien y saben que soy muy aprensiva. Yo también lo sé, sin embargo, a menudo me cuesta controlarme. En esta ocasión me había cuidado mucho de contarles mis penas en casa, o me hubiera dado el histérico de nuevo.
Me tranquiliza un poco ver que Marc mantiene media sonrisa mientras hablo. Cortesmente espera a que termine y luego me explica lo que significa cada punto del informe. Conclusión: mi cuerpo no funciona bien porque está sobrecargado; eso puede causar enfermedades graves, incluso muy graves, si no cambio mis costumbres y corrijo mi peso especialmente.
Juan asiente y calla. Me reconforta saber que tengo en quien confiar cuando estoy preocupada, y se lo agradezco mentalmente.
Dos cañas sin alcohol y seis tapas después, hemos repasado mis opciones bastante al detalle. ¡Ya tengo plan! O, por lo menos, un proyecto.
Y a eso me estoy dedicando desde entonces.
Por la mañana: trabajo e investigación. Marc me aconseja que visite a varios especialistas en tratamientos de pérdida de peso, que sean médicos (por mis posibles patologías), y que compare los métodos, controles y precios de cada uno. Hecho.
Por la tarde, concertación de citas (sin amor). Hecho.
Todavía queda mucho para acabar de peinar el terreno. Me advierten que separe el polvo de la paja, y me doy cuenta que hay una enorme variedad de profesionales y pseudoespecialistas en la materia.
Entretanto, he de pensar en el modo de conseguir que mi familia, la que yo he formado, me eche una mano, pero no al cuello. Objetivo fijado: Jim y los niños. Esperando orden para disparar...
domingo, 20 de noviembre de 2011
Mi familia y otros animales (Parte II)
Si fuera de Madrid, diría que nací en una pequeña ciudad de provincias, y todos me entenderían. Aquí todos se conocen, y esto tiene sus ventajas, pero también ciertos incómodos inconvenientes. Por diferentes razones, tanto Juan como yo queríamos menos libertad vigilada, y más de la otra, así que buscamos el modo de irnos a ver mundo.
Para Juan, el mundo era la universidad, una profesión, y la capital representaba mayores oportunidades para poder hacer su vida sin oír los comentarios de los vecinos. Montó un bufete, se compró un dúplex en el centro y lo decoró con un médico apolíneo que es su pareja desde hace ya 11 años. Adoro a ambos.
Para mí, sin chicos en casa por segunda vez en la vida, los idiomas fueron el pasaporte a la independencia. Hubo comentarios de los vecinos, preguntándole a mi abuela con mucha mala idea qué necesidad tenía "la pequeña" de emigrar al extranjero, cuando en casa podía vivir muy bien.Y mi abuela respondiendo que "la pequeña" iba a estudiar, no a ganarse la vida. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
Vivir lejos me sirvió para aprender muchas cosas, casi todas ellas ineficaces si quería pagar una hipoteca, y también para conocer a Jim. Mi marido es un americano del norte, criado entre Gran Bretaña y "el Continente" (el nuestro, claro), que se vino a España por amor.
Por amor a mí y al sueldo, porque su trabajo nos trajo de nuevo a casa, donde nacieron nuestros tres hijos, y aquí nos quedamos, al menos yo, por un tiempo.
Hasta ahí todo fue más o menos razonable con el peso.
Por lo que recuerdo, yo era una niña muy activa y de peso normal, y una adolescente más o menos regular. Por esos mundos de Dios empecé a comer mal, mucho fast-food y poco puchero, mucho picoteo y poco fundamento. Sin darme cuenta llegaron unos kilitos, a los que que se sumaron los de embarazos, crianzas y otras hierbas, convirtiéndome primero en gordita irredenta y luego en obesa patológica.
Lo que me lleva a pedir socorro a los que nunca me fallan, o séase, mi hermano Juan y el genuino Doctor Macizo, a quien cariñosamente llamamos Marc.
Por lo que recuerdo, yo era una niña muy activa y de peso normal, y una adolescente más o menos regular. Por esos mundos de Dios empecé a comer mal, mucho fast-food y poco puchero, mucho picoteo y poco fundamento. Sin darme cuenta llegaron unos kilitos, a los que que se sumaron los de embarazos, crianzas y otras hierbas, convirtiéndome primero en gordita irredenta y luego en obesa patológica.
Lo que me lleva a pedir socorro a los que nunca me fallan, o séase, mi hermano Juan y el genuino Doctor Macizo, a quien cariñosamente llamamos Marc.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Mi familia y otros animales (Parte I)
Para entender lo mío hay que entender a los míos. Allá voy:
Por fortuna para mí, Juan se sentía tan fuera de lugar como yo. Nos adoptamos mutuamente, y hasta hoy, hemos sido los chicos de la familia. Cada uno a su modo, hemos recorrido trayectorias algo peculiares para una familia convencional, -de las de toda la vida-, en un pueblo como éste.
Tengo una gran familia, compuesta principalmente por mujeres; los quiero a todos, pero paradójicamente, con quienes mejor me he entendido siempre eran los varones.
Mi difunto padre era un especialista en confundirse con el paisaje, eclipsado por mi madre y por mis dos abuelas. Una de ellas era la madre de mi madre, y la otra, su melliza soltera. Eran como un águila bicéfala, dirigiendo al clan con guante de seda y garra de hierro, según conviniera.
Yo, que soy una niña criada ante la tele, cuando empezó la serie Starsky & Hutch, llegué al convencimiento de que la técnica de "poli bueno / poli malo" la habían inventado ellas, y que Hollywood se la había copiado. Me costaba creer que ni Mari ni Magda vieran una peseta por ello.
Mi madre, al contrario que la suya, tuvo cinco hijos; tres por ignorancia y dos por despiste, como dice ella. Era algo muy normal en los tiempos en los que las mujeres empezaban a procrear sin haber cumplido la mayoría de edad, y los anticonceptivos eran un pecado administrado en consulta médica a quienes tuvieran presupuesto para dispensas.
De los cinco, solo uno fue varón, el resto se quedaron en intentos.
En nuestra casa había un sistema de gobierno con separación de poderes: Mamá era el legislativo, las abuelas el ejecutivo y mis hermanas, si las dejabas, constituían el judicial. Mi padre era el rey de la casa, -función puramente representativa-, y mi hermano Juan ejercía de heredero, adorado pero sin voz ni voto. Y yo, siendo como él bastante más joven que el resto, estaba en Tierra de Nadie.
Por fortuna para mí, Juan se sentía tan fuera de lugar como yo. Nos adoptamos mutuamente, y hasta hoy, hemos sido los chicos de la familia. Cada uno a su modo, hemos recorrido trayectorias algo peculiares para una familia convencional, -de las de toda la vida-, en un pueblo como éste.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
¡Qué gran verdad!
Es una verdad universalmente aceptada que toda mujer que ha parido en más de una ocasión acumulará en su cuerpo una cantidad nada desdeñable de kilos de grasa, preferentemente en abdomen, muslos y caderas, de los que difícilmente podrá desprenderse en años posteriores.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
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