Eso era lo que yo me decía, que con tanta información sobre adelgazar, dietas y métodos como hay en internet, no podía ser para nada difícil dar con el que se ajustase a mi particular estilo de vida como anillo al dedo.
Me pongo a analizar mis hábitos para hacer la selección de un modo más científico:
Veamos, tengo unos gustos culinarios un tanto refinados, es decir, como de todo y en cantidades que eufemísticamente podríamos definir como "amplias". Por lo que la dieta del sirope de perejil mañana, tarde y noche durante 30 días no entra en mis esquemas.
Una gran deportista... hasta que me lesioné en 3º de BUP, allá por el Pleistoceno Anterior, y me dediqué a recuperarme viendo Retorno a Brideshead... Y me calcé todo lo que sobre literatura clásica inglesa ha producido la BBC desde entonces, pasando a los documentales de National Geografic durante la jornada intensiva cuando empecé a trabajar, y a la siesta con culebrón durante los reposos embarazosos (preñeces de alto riesgo).
Como saldo, tres niños bien criados (que diría mi abuela), la conservación del puesto de trabajo (que es la envidia del barrio, -la conservación, ojo, no el puesto-), una cultura enciclopédica y media tonelada de lorzas superpuestas. De mis músculos de antaño, sé que los tengo, porque me han hecho ecografías, pero de ahí a verlos, va un laaaaaaargo trecho.
Conclusión aplastante (¡y tanto!), solamente con ir de la cocina al baño quemo 1.000 calorías, y me pongo al borde del infarto. O sea, que la dieta de las 1.342 calorías y la hora de cardio quedan fuera de mi alcance a menos que Einstein me pliegue el espacio-tiempo en forma de pajarita.
Nota al margen: dejar de leer blogs de deportistas y empezar a imitarlos.
Sacar tiempo para hacerme menús elaboradamente sutiles, tras hacer la compra del súper en plan disociado, -esto para los niños, esto para mí, esto para su padre, esto para el perro, esto para mí- y cocinar consistente para una tropa adolescente: ciencia ficción. En este caso, Einstein también sería de gran utilidad. Resultado final, la dieta de "Madame, la cena está servida en el comedor de invierno" fuera de mi alcance, salvo que contrate a la sobrina de Argiñano para cocinarme lo de todos.
Y ya sabemos lo que dan de sí mil euros...
Soy una mujer gorda, una madre gorda, una trabajadora gorda y una gorda que quiere no serlo... ¿qué hacer?... un diario.
jueves, 10 de noviembre de 2011
¡Si esto, con darle un poco a la tecla...!
miércoles, 9 de noviembre de 2011
¡Qué gran verdad!
Es una verdad universalmente aceptada que toda mujer que ha parido en más de una ocasión acumulará en su cuerpo una cantidad nada desdeñable de kilos de grasa, preferentemente en abdomen, muslos y caderas, de los que difícilmente podrá desprenderse en años posteriores.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
Y lo curioso es que parece que fue ayer cuando mi cintura podía ser rodeada por el cinturón que acabo de meter en la bolsa de ropa para dar. No ha llovido nada en 18 años... Me resistía a deshacerme de esa ropa. Llevaba años acariciando la idea de recuperar mis pantalones, mis piernas, mi cuerpo. Se los presté a alguien, creyendo que me los devolverían intactos, pero no, cuando miro lo que me han dejado, veo el cuerpo de la novia de Michelín, revestido con las cortinas del salón.
Y esa es otra gran verdad, que no solo estoy gorda, sino que tengo que vestir de gorda, porque como todos sabemos, a las gordas nos hacen ropa especial, para humillarnos: ¿habéis comido demasiado? ¡pues te he hecho una falda con el mantel de cretona floreada de la mesa camilla de mi bisabuela! No vayan a pensar que todo va a ser camuflarnos con modelitos negros de vuelos estratégicamente situados, no, también los hay que nos diseñan ropa para ancianitas acromegálicas extraordinariamente bien alimentadas.
Pero yo no soy así. Soy una luchadora. Soy la Rocky del sobrepeso. Me voy a entrenar y voy a noquear estos michelines, y al que me diga que es más fácil saltarme que rodearme lo machaco. Ya me veo ascendiendo la escalinata al ritmo de la musiquilla... Porque no todas las gordas somos gordas felices.
¡El lunes me pongo a dieta!
¡Uf! Después del subidón de moral, ahora solo tengo que averiguar cual de las mil o más que actualmente están de moda será la tabla de salvación a la que me asiré. Seguro que haciendo una pequeña investigación en el mundillo me aclaro... Pronto lo sabremos.
martes, 8 de noviembre de 2011
El pastel está en el horno... todavía.
Como casi todas las cosas en mi vida, este blog está en vías de desarrollo.
Confío en salir a la luz pronto.
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